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Martes con mi viejo profesor

Hay libros que se buscan y libros que llegan. Probablemente, este no sea uno de esos que el lector decide añadir a su lista porque haya visto grandes campañas de publicidad, y menos ahora que ya han pasado varios años desde su primera edición. De hecho, su autor tuvo serias dificultades para conseguir publicarlo.

Y, desde luego, tampoco es que esta obra de Mitch Albom enamore por su planteamiento inicial. ¿Un hombre que visita cada martes a su antiguo profesor, porque éste se está muriendo de ELA —esclerosis lateral amiotrófica—, una enfermedad degenerativa? No, definitivamente, no es un argumento atractivo en exceso.

Sin embargo, ¿cómo es posible que haya llegado a vender millones y millones de ejemplares y se siga editando en distintos idiomas, transcurridos ya dieciséis años desde su primera publicación?

Fácil… porque habla de la vida.

A través de las charlas que Morrie, el profesor, y Mitch mantuvieron —porque está basado en una experiencia real—, se analizan temas tan importantes en la existencia del ser humano como la vida, la muerte, la familia, la autocompasión, el perdón, el amor, la amistad, el miedo, la felicidad, la sociedad o el dinero.

¿Demasiado para sólo 216 páginas? Esa es la clave, sencillo y directo.

No contiene un estilo narrativo extraordinario, ni una trama llena de giros y sorpresas. No hay grandes escenas, ni siquiera se recurre al sentimentalismo para emocionar al lector. Pero, sin duda, consigue algo… consigue empujar a la reflexión.

«Cuando hay aquí gente y amigos, estoy muy animado. Las relaciones de amor me sostienen.»

Una lectura recomendable, unas reflexiones, hoy en día, indispensables.

Morrie Schwartz disfrutando de una de sus pasiones, bailar.

Morrie Schwartz disfrutando de una de sus grandes pasiones, bailar.